Después de las fiestas navideñas y el comienzo de este año nuevo, quisiera contarles lo que observé en una ocasión, mientras visitaba un pueblo.

Nos encontrábamos en la calle y estaba haciendo tanto frío, que yo traía doble chamarra. A lo lejos pude observar a unos niños descalzos corriendo y jugando a “las traes”.

Sorprendido, lo primero que dije fue: “¡Con este frío, esos niños se van a enfermar!”, pero  alguien me contestó: “Ya todos aquí estamos acostumbrados a este clima. A esos niños el frío no los detiene, ellos lo que quieren es jugar y divertirse.”

En ese momento lo entendí: lo que a ellos los protegía del clima era la compañía y la calidez de su amistad.

La soledad es parecida a un frío insoportable capaz de llevarnos a tomar malas decisiones, pero el antídoto es el acompañamiento de los seres queridos.

Cuando un joven cae en una adicción se va sintiendo vacío, que se vuelve frío y que poco a poco va perdiendo sus sentimientos, valores y cariño, hasta llegar al punto de no respetar a las personas a su alrededor.

Su familia se desespera y lo abandona, dejándolo sin el calor de su hogar. Esto lo orilla a encontrar amistades que, en vez de arroparlo, lo inducen a más  problemas.

Por desgracia, hay familias que prefieren callar por miedo a que los juzguen por tener a un miembro adicto, lo cual empeora el problema, pues el ocultar no soluciona nada, sino que vuelve hielo a toda la familia.

No dejes que el frío de la soledad congele a nadie de tu familia.