Se conoce como equinoccio a un fenómeno natural en el que el Sol apunta directamente hacia la mitad de nuestro planeta, es decir, hacia el Ecuador, por lo que la mitad norte y sur de la Tierra reciben la misma cantidad de luz solar, provocando que el día y la noche duran el mismo periodo de tiempo.

El equinoccio de primavera se produce entre el 19 y el 21 de marzo cada año, mientras que el de otoño sucede entre el 21 y 23 de septiembre. Cuando ocurren los equinoccios, significa que una nueva estación ha llegado.

Desde el inicio de la humanidad, los equinoccios han sido un factor muy importante para definir desde el paso de las estaciones hasta las fechas para la siembra, la cosecha, la pesca y la caza.

Nuestros antepasados mayas siempre se preocuparon por los números y los cálculos astronómicos, además que estuvieron muy al pendientes de los movimientos del Sol. Tomando en cuenta estos factores, ellos construyeron sus ciudades usando como referencia a los astros, de manera que, a través de sus edificios y sus sombras, podían identificar en qué época del año se encontraban.

Así, durante los cuatro o cinco días antes y después de los equinoccios de primavera y otoño, se produce un maravilloso fenómeno de luz, que a pesar de los miles de años que han pasado, sigue siendo posible disfrutar: cuando el sol comienza a descender en las ruinas mayas de Chichen Itzá, donde se encuentra el majestuoso templo de Kukulkán, la sombra va dibujando sobre la pirámide una serpiente de luz que baja desde la cima, hasta la cabeza de serpiente de piedra que se encuentra en la base.

Actualmente, mucha gente se reúne al rededor de las pirámides durante estos días para apreciar este increíble fenómeno, e incluso, hay quienes afirman que al asistir en ese momento logran recargar sus energías.

Tributo a Kukulkán

Para los mayas, esta tradición era una manera de rendirle tributo al dios Kukulkán -cuyo nombre significa serpiente emplumada- y que para ellos era nada más y nada menos que el creador del universo.